20/01/09

Berensztein a préstamo en La Nación

Sergio Berensztein es titular indiscutido en Política y Pelotas. Pero a veces lo cedemos a préstamo. Hoy, por ejemplo, publicó tanto en La Nación (papel) como en La Nación (on line) acerca de la asunción de Barack Obama. Berensztein, además de ser politólogo, director de la consultora Poliarquia e hincha de River, vivió y estudió en EEUU donde, por ejemplo, se hizo fanático de Michael Jordan, quien, como él, estudio en la Universidad de Carolina del Norte. Acá van las dos notas.

El primer presidente global

Una nueva esperanza recorre el mundo. Cuando Barack Obama sea finalmente ungido hoy como el presidente número 44 de los Estados Unidos de América, comenzará a escribirse uno de los capítulos más esperados de la historia de la democracia, los derechos humanos, la igualdad de oportunidades y la meritocracia.

En efecto, este líder carismático y con una notable capacidad de comunicación es expresión de aspectos esenciales del progreso alcanzado por la civilización occidental.

A pesar de la angustia por la crisis económica, de la enorme complejidad de la agenda diplomática y militar, de que la reputación y el prestigio de su país han sufrido tanto o más que con la guerra de Vietnam, Barack Obama comienza su gestión con un amplio margen de acción y con un nivel de apoyo doméstico e internacional sin precedente.

Paradojas del destino: tenemos, finalmente, al primer presidente global, precisamente cuando la globalización luce muy resquebrajada como resultado del colapso del sistema financiero y de la ausencia de organizaciones internacionales que permitan coordinar soluciones efectivas a los problemas del planeta.

Obama ya había sido un precandidato global: nunca una elección interna de un partido había despertado tanta curiosidad fuera de los Estados Unidos. Fue también un candidato global: la campaña presidencial fue seguida con notable interés desde todos los rincones de la tierra.

Ahora será un presidente global, con una visibilidad, capacidad de influencia y grado de exposición muy superiores a los de sus antecesores.

Habrá que seguir bien de cerca sus acciones y sus palabras, sobre todo durante los primeros cien días de gobierno.

Luego de una transición ejemplar (tal vez, el principal legado de George W. Bush sea su absoluta cooperación con el equipo entrante), Barack Obama desplegará su estrategia inicial y estarán allí contenidos los núcleos centrales de su administración.

La lógica indica que se tratará de una agenda sesgada hacia los problemas internos de los Estados Unidos, sobre todo en materia económica.

El mundo espera y necesita que desde el primer día desempeñe su liderazgo a escala planetaria. No son objetivos totalmente contradictorios: sacar de la recesión al principal motor del crecimiento mundial implicaría una contribución muy significativa. Pero hace falta mucho más. Y lograr un balance entre ambos planos no será en absoluto sencillo.

Todo es posible, dijo Obama, cuando reconoció su triunfo en la noche del 4 de noviembre pasado. Ojalá tenga razón.

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Barack Obama: entre el cambio y la continuidad, una agenda de gobierno cargada de problemas

El liderazgo de Barack Obama ha despertado una notable expectativa positiva en el mundo entero, casi sin antecedentes. En algún sentido, cuando Nelson Mandela o Vavlac Havel llegaron al poder hubo también un generalizado sentimiento de apoyo y simpatía. Pero los Estados Unidos son y seguirán siendo por mucho tiempo la potencia más importante y esto le otorga a su presidente una capacidad de influencia y una visibilidad incomparable con la de cualquier otra autoridad política electa por el voto popular.

Curiosamente, Obama logró semejante niveles de apoyo interno y externo a pesar de (o tal vez gracias a) no tener mucha experiencia política: llegó a la presidencia sin siquiera haber cumplido su primer mandato como senador por el Estado de Illinois. Su mensaje optimista y esperanzador a favor del cambio seguramente no fue elaborado a partir de su experiencia concreta: la dinámica y la cultura política de ese Estado no se caracterizan precisamente por la calidad de las instituciones ni por la transparencia en el manejo de la cosa pública. Illinois está hace muchas décadas controlado por los sectores más tradicionales del Partido Demócrata, caracterizado por sus prácticas clientelares y manejos discrecionales de la cosa pública. De hecho, el actual gobernador enfrentará en breve un juicio político, acusado de haber intentado negociar al mejor postor el sillón de senador dejado vacante por el electo presidente.

Si bien su inexperiencia no constituyó un tema crítico en la campaña, el principal criterio utilizado para la selección de su equipo de colaboradores fue justamente el contar con un conocimiento amplio del complejo entorno político que caracteriza a la ciudad de Washington, en particular en cuanto al funcionamiento del Congreso. De este modo, una mayoría de los asesores y secretarios de Estado designados han sido diputados o senadores: conocen de memoria los pasillos del poder y los mecanismos fundamentales para alcanzar los consensos básicos que le permitan al presidente avanzar en su agenda.

Es que Obama pretende evitar los duros traspiés sufridos por los dos anteriores presidentes demócratas, Jimmy Carter y Bill Clinton. Ambos tuvieron enormes dificultades en su relación con el poder legislativo, en particular en los primeros años de sus respectivos mandatos. Esos problemas no se limitaron a la relación con la oposición republicana; al contrario, los propios demócratas plantearon obstáculos a menudo inquebrantables.

En efecto, Carter se veía a sí mismo también como un agente de cambio, pero concebía al Congreso como un espacio controlado por los grupos de interés, los intereses sectoriales y los factores de poder defensores del statu quo. Llegó a Washington desde el sureño Estado de Georgia, acompañado por un grupo de colaboradores muy leales y estrecho que intentó aislar al presidente de las presiones e influencias del establishment local, del que desconfiaban profundamente. Estos problemas de coordinación entre los poderes ejecutivo y legislativo y al interior del Partido Demócrata resultaron costosísimos, creando la imagen de un presidente débil e incapaz de avanzar en su agenda de gobierno. Vale la pena recordar que Carter no sólo fracasó en ser reelecto, sino que a su gestión siguieron 12 años de predominio republicano (las dos presidencias de Ronald Reagan y la de George Bush padre).

Bill Clinton fue mucho más exitoso y popular, pero también tuvo un comienzo bastante accidentado. Había llegado al poder con un caudal de votos relativamente bajo, pues en la elección de 1992 también compitió el empresario texano Ross Perot como candidato independiente, restándole votos tanto a Clinton como sobre todo a Bush (algunos analistas consideran que sus chances de retener la presidencia hubieran sido mucho más altas si sólo hubieran competido él y Clinton). Muchos miembros del Congreso con larga trayectoria política y fuerte peso electoral, incluidos muchos demócratas, veían a este político de Arkansas con cierta desconfianza y no demostraron mucha voluntad de cooperación. Su gabinete estaba integrado predominantemente por gente joven y sin demasiada experiencia, y sus planes iniciales incluyeron una polémica reforma del sistema de salud, que puso en manos de su esposa Hillary (que no desempeñaba un cargo formal). A pesar de que la economía se recuperó rápidamente de la recesión (fue en su primer campaña presidencial cuando Clinton acuño la famosa frase: "Es la economía, estúpido"), los demócratas sufrieron una durísima derrota en la elección de mitad de mandato. Esto limitó los márgenes de acción de la administración Clinton, tanto en política doméstica como internacional. Tal es así que el Congreso rechazó el paquete de ayuda que Robert Rubin y Larry Summers habían diseñado para rescatar a México de su crisis a comienzos de 1995, forzando a que Clinton dictara una orden ejecutiva (una especie de decreto de necesidad y urgencia) para utilizar recursos derivados de un fondo de pensión de los empleados del gobierno federal.

Habiendo tomado estos antecedentes en consideración, Barack Obama prefirió hacer una síntesis entre el cambio que él mismo simboliza y la continuidad que expresa el gabinete que ha designado, que incluye al mismo jefe del Pentágono de los últimos años, Robert Gates.

Este delicado equilibrio será puesto a una durísima prueba desde el primer día: Estados Unidos enfrenta la peor crisis económica en siete décadas, tendrá alarmantes consecuencias sociales y demandará un contundente esfuerzo público y privado para superar semejante coyuntura. Para peor, existen múltiples desafíos en materia de seguridad: a los conflictos en Irak y Afganistán, se la suman el reciente episodio en Gaza, donde indirectamente están involucrados Irán (que continúa con su programa nuclear) y Siria. Más aún, las tensiones entre Corea del Norte y del Sur se han agravado, mientras todavía no cesa la preocupación por el conflicto entre India-Pakistán.

Los esfuerzos diplomáticos no podrán ignorar las potenciales zozobras que puede generar Rusia, aunque parece haberse normalizado el suministro de gas a Europa. Sin embargo, al reciente conflicto en Georgia se le suma el asesinato de Stanislav Markelov, un abogado y militante por los derechos humanos que defendía a la familia de una joven chechena asesinada en el año 2000. Rusia tampoco ha sido neutral en el conflicto de Medio Oriente y ha vigorizado su presencia en América Latina, sobre todo en apoyo de los regimenes de Venezuela y Cuba.

Tampoco estará la administración Obama en condiciones de desatender los principales conflictos que existen en Africa, particularmente en el Congo, Sudán, Etiopía, Somalía e incluso Nigeria.

En suma, Barack Obama deberá manejar con maestría y sutileza las ilusiones que ha despertado dentro y fuera de los Estados Unidos: enfrenta una agenda doméstica e internacional sumamente compleja. Si como presidente en ejercicio resulta ser la mitad de lo bueno que fue como candidato y como "presidente electo", tendrá muchas chances de reconstruir el prestigio y la autoridad moral de su país.

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