Se trata de equipos que puede que en efecto logren figurar en alguna estadística (hasta que el Indec se ocupe de eso...), pero difícilmente pasen a la historia.
Son equipos concientes de sus limitaciones, seguros de su inseguridad, capaces de aprovechar al máximo su incapacidad pues saben sacar a los contrarios del partido, logrando que los otros se fastidien, pierdan la compostura, cometan errores, se expongan a contragolpes potencialmente fulminantes.
Si uno no quiere, dos no juegan. Si un equipo juega a no jugar, tira la pelota a cualquier lado, simula lesiones, traba el partido "trabajando" al árbitro, lo calienta con declaraciones durante la semana, provoca o incluso amenaza con los barras bravas, etc., es muy complejo que salga un partido mínimamente razonable. Es el anti fútbol, lo que arruina el juego, lo que expulsa a la gente de las canchas.
El otro equipo puede mandar cuatro de punta, intentar combinaciones varias, perforar por afuera, penetrar por el medio, tocar y tocar, pero enfrente habrá un paredón que frenará cualquier patriada con el viejo principio de la pelota o el hombre, pero nunca los dos.
Como hay pocos masoquistas que querrían ir voluntariamente ir a ver a un equipo tan opaco, jugadores y dirigentes tienen que arreglar con los barras para que les hagan "el aguante". La profesionalización mafiosa de las hinchadas tergiversa toda la dinámica no sólo entre equipo y tribuna sino respecto a la vida institucional del club en su conjunto.
Los negocios perversos se multiplican, las jerarquías se diluyen y a la corta o a la larga los propios protagonistas terminan siendo víctimas de sí mismos, prisioneros de sus propias mezquindades, secuestrados por su propia mediocridad, anulados por su falta de visión estratégica.
Sergio Berensztein
Director
Poliarquia Consultores
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