09/05/08

El arte de cerrar partidos

Por Sergio Berensztein

La diferencia más significativa entre River y Boca no se vio el domingo pasado en la Bombonera sino esta semana en los respectivos partidos jugados por los octavos de la Libertadores.
El equipo de Ischia jugó de local en la casa del Cruzeiro, dando una clase de aplomo y practicidad. Fue eso, un equipo, decidido desde hace tiempo a aggiornar aquella mística copera del Rojo de Avellaneda. Así, con Riquelme a lo Bochini, el paraguayo Cáceres a lo Pancho Sá y Battaglia convertido en una simbiosis entre el Negro Galván y Claudio Marangoni, los Xeneizes volvieron de Minas Gerais con un Belo Horizonte.
Se le viene el Atlas de Miguelito Brindisi, que ya demostró que está en condiciones de ganar en casa y aguantar afuera en la Libertadores. Y si bien es cierto que no hay peor astilla que la del mismo palo, Brindisi se debe haber quedado preocupado luego de comprobar la estampa de campeón que regaló Boca en las cortas vacaciones que se tomó en Brasil.
Por el contrario, River perdió otra vez contra sí mismo. Esto no va en detrimento de Ramón y su heroica manada de Cuervos, que dio vuelta un partido increíble y se quedó con la serie. Pero este River del Cholo es una evidencia incontrastable de que si una institución tiene serios problemas funcionales, no hay personas ni talentos individuales que puedan hacer la diferencia. Esto lo incluye al propio Simeone, cuyos pergaminos como jugador nadie puede cuestionar y que en su corta carrera como técnico insinuó cosas muy interesantes.
Pero una (des) organización como River, cuya dirigencia sufre una crisis de legitimidad de profundidades insospechadas y que arrastra una anemia patrimonial igualmente vergonzosa, no puede producir resultados positivos de manera consistente y previsible. Puede ganar algunos partidos, incluso algún torneo en función de la ruleta rusa que es el fútbol de hoy, pero eso sólo permite el engaño temporal, el placebo fácil de creer que una golondrina puede hacer verano.
El Cholo corre el riesgo de terminar como el Cavallo de Aguilar, encerrado en su propio corralito. Sus gestos e impotentes alaridos se parecen demasiado a los del Mingo en sus maratónicas sesiones en el Banco Nación. También podría fantasear con programas de competitividad, sobre todo para el mediocampo del equipo. O con factores de conversión para que sus delanteros puedan precisamente definir mejor.
Anoche, con un Monumental repleto de gente, River sufrió una crisis de confianza generalizada, una eyaculación precoz colectiva. El equipo tenía dos goles de ventaja y dos jugadores más que San Lorenzo, y sin embargo no supo contener su propio entusiasmo, regular el partido, administrar la pelota y jugar con los nervios y los errores del rival. Eso implica simplemente que se trata de un equipo inmaduro, que se olvida del libreto justo cuando se aproxima el clímax.
Una cosa es saber ponerse en ventaja, otra muy distinta es consolidarla, jugar con el reloj, cerrar los partidos. Ahí se impone la pausa, la inteligencia emocional, el temperamento, la experiencia. Ese aplomo no se logra de la noche a la mañana, y no tiene relación con el fútbol viejo o con tácticas pasadas de moda. Es correlato de la seguridad de saber que uno puede, que tiene el respaldo suficiente desde el primer hasta el último hincha.
Pero eso es prácticamente imposible en un club en el que el presidente no puede ocupar su asiento en el palco oficial sin despertar fogosos ciclones de insultos (espontáneos o no) por parte de socios y espectadores.
River volverá a ser el más grande sólo cuando resuelva esa crisis de legitimidad tan vasta como inocultable. Se entienden, pero nada se arregla con insultos, pensando en que hubo mala suerte o tentándose con la “gran Lalín” – suponer que la cancha está embrujada.
Como decía el poeta, de nada sirve escaparse de uno mismo. Simeone tuvo la entereza y la valentía para hacerse responsable de la derrota deportiva. Si a Aguilar le quedara algo de lo que dijo que era, debería hacer lo mismo con el fracaso institucional y financiero del club.

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